Opera prima

La vida era más fácil cuando yo era niño. Nada me preocupaba. Ni siquiera pensaba en que iba a hacer cuando fuera grande. Tenía que levantarme antes de las seis y ponerme el uniforme para ir a la escuela. En aquellos días no debía preocuparme ni por lo que iba a vestir, el uniforme escolar era el único atuendo posible y nunca me quejé de él. En las escuelas todos los estudiantes se ven idénticos; a la usanza de los soldados, policías y el personal de seguridad privada. La mayoría de mis compañeros quería unirse a las bandas de los macetos o ser futbolistas como El Pibe Valderrama después de graduarse de la primaria. Yo vivía inmerso en un mundo de fantasía en el que coexistía con criaturas fantásticas que acechaban en la oscuridad. Era un pésimo jugador de fútbol, pero alucinaba con los disparos mortales de Oliver en Los Supercampeones. La mayoría de las clases eran aburridas y monótonas, tanto como el calor causado por el sol inclemente a las diez de la mañana. No había muchos recursos en los salones de clase en aquellos días. En Puerto Gaitán no contábamos con fluido eléctrico en las horas de la mañana. En los salones sólo había tiza y un profesor temeroso que nos miraba desde detrás de su barricada, su escritorio. Teníamos pocos maestros, muchos de ellos enseñaban todas las materias y la mayoría parecían estar enamorados de las matemáticas, porque había clases de aritmética todos los días y a todas horas. No se dedicaba mucho tiempo a la lectura libre y voluntaria. No teníamos libros de textos a nuestro alcance por lo que los profesores solían dictar largos pasajes de los textos para que luego contestáramos algunas preguntas de comprensión que copiaban con parsimonia en la pizarra. A veces, cuando faltaba algún profesor o no teníamos clase, escapaba a la pequeña biblioteca de la escuela y pasaba horas leyendo las rimas, poemas y cuentos de los libros de texto. Había suficientes libros para todos, pero nunca nos prestaban uno sólo en clase. Las lecciones terminaban poco antes de las doce y media. Todos escapaban corriendo de los salones directo a sus casas y a veces olvidaban sus posesiones. Durante la hora del almuerzo, ponían la luz dos horas. Mi mamá solía volver a casa del trabajo a terminar de hacer el almuerzo, que era casi todos los días lo mismo: pasta con pollo y plátano maduro frito. Mamá regresaba a trabajar antes de las dos de la tarde y la casa quedaba sola para mí, mi hermano y sus amigos de turno. Yo me moría por leer más historias. Por aquella época, no sabía lo que quería hacer, pero un día sin pensarlo terminé inmerso en la creación de un proyecto de escritura de mi primera historia de ficción. Era un relato sobre un perro que vivía en el Monte Everest y perdió a su amo después del ataque de una bruja malévola. Escribí el cuento completo en lápiz y lo ilustré con lo que yo llamaba mi estilo de dibujos “abstractos”. No tenía ni idea de lo que era el movimiento de arte abstracto. La palabreja se quedó en mi memoria gracias a una telenovela que veía mamá. Creé mi propia versión de dibujos abstractos utilizando formas geométricas para diseñar mis personajes. Se veían horribles, pero por aquellos tiempos creía que había hecho algo muy innovador. Incluso diseñé la portada de mi cuento sobre papel cartulina. Lo peor de todo es que no me quedó un solo recuerdo de mi opera prima. Mi primer logró literario terminó en la caneca de la basura, arrojado por mi propia madre.

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